La biología molecular se ha convertido en uno de los campos más prometedores de la investigación científica, ya que su rápido desarrollo ha permitido no sólo describir procesos celulares inéditos, sino también a provocado verdaderas revoluciones conceptuales dentro de las ciencias naturales. Sin duda, la biología evolutiva ha sido una de las áreas más beneficiadas, pues pudo instituir nuevas herramientas con las que es factible escudriñar en lo más íntimo de las relaciones filogenéticas, generando hipótesis que hubieran sido imposibles con los métodos ordinarios. “Cuando no se dispone de evidencia paleontológica, la relación filogenética entre los animales puede ser deducida basándose en la similitud de las estructuras de las formas actuales”, escribió George H. Nutall, en 1904, cuando publicó un libro donde resumía los resultados obtenidos de la comparación de sueros sanguíneos entre diferentes animales, con la intención de reconstruir las relaciones evolutivas que dichos organismos guardaban entre sí, siendo este el primer intento de usar caracteres moleculares como marcadores filogenéticos. Sin embargo, no fue sino hasta 1965 cuando Emile Zuckerkandl y Linus Pauling publicaron un trabajo en donde mostraban que la comparación de secuencias de aminoácidos o de nucleótidos permitía no sólo la construcción de filogenias moleculares, sino también, en algunos casos, datar los procesos de especiación aun cuando se carezca de información paleontológica. Durante cerca de 10 años, este enfoque permitió no sólo comparar proteínas como las hemoglobinas, el citocromo C, las ferrodoxinas y otras más, sino también construir árboles evolutivos que podían incluir organismos tan distintos entre sí como las bacterias y los hongos, lo cual hubiera sido imposible con los criterios morfológicos tradicionales.
Young Peruvian Scientists Network For Bioscience Research
Agradecimientos: Introducción de Arturo Becerra Bracho, Biología molecular y evolución de las primeras células, 2009
